La metáfora de un viaje al Ecuador

En vez de un post, comparto una carta escrita a mi amiga Ilea. Resume sólo algunos días, huellas y sentimientos, pero asiste en contar la metáfora de este viaje al Ecuador que hice en abril del 2017.

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Hola querida,

Me pediste que te contara de Ecuador. Te mando esta carta durante mi noveno día en el país; estoy en Quito. Me recuerda un poco a San José porque está rodeado de valles que a eso de las 5:00pm empiezan a decorarse con lucecitas de todas las casas. La Clau, mi amiga de la que te conté, se ha encargado de enseñarme sus museos bajo tierra y sus bares clandestinos.

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En uno de esos bares me encontré con un libro de Rolf Blomberg, un explorador/fotógrafo/cineasta sueco que tuvo un romance con el país, al que visitó cienes de veces en un período de 50 años. Registró imágenes y cuentos de sus viajes por todo el país, resaltando lo sorprendentes que son sus paisajes, la forma de vivir de su gente – especialmente de las comunidades indígenas – y las especies de animales tan únicas que tiene.

Aunque volvió muchas veces, Rolf nunca dejó de hablar de su primer viaje y del momento en que supo que quería recorrer el país entero y rebuscar su grandeza hasta debajo de las piedras. Yo sentí eso por Perú, el primer país suramericano que visité en el 2014, ¿te acordás que te conté? Y me dieron ganas de conocerlo todo. Y por eso he vuelto otras veces más. Quería seguir registrando y buscando lo que también se reflejaba de mí misma en esa parte de mi continente.

Ecuador, para mí, fue una mescolanza de cultura, paisaje y política. Es muy parecido a lo que ya conozco, pero también muy ajeno (perdón si eso no hace sentido).

 

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En Cuenca, se sentía el aire de semana santa, vos sabés: Mantas moradas, cruces, y arreglos de flores y palma, hechos con un detalle impecable. En sólo dos días me pasó de todo: me uní a un grupo de mujeres vestidas de negro para protestar en contra del fraude electoral, una familia húngara me invitó a comer helado en el parque para contarme cómo habían migrado al país, y gracias a la falta de direcciones correctas de una guía turística, tuve que pedir ‘ride’ con una holandesa y una gringa que había conocido en un bus. Te quiero contar con detalle cada historia.

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El viaje empezó con el Cajas, un parque nacional en la provincia de Cuenca. El páramo ecuatoriano era mi bienvenida oficial al país. Estar tan alto, con falta de aire en los pulmones y entre una vegetación desértica maravillosa, me produjo un sentido de familiaridad; estaba otra vez al sur de América. Después fui al Cotopaxi, uno de los volcanes que vigila a Quito. Hace casi dos años está activo, entonces sabíamos que no íbamos a poder subir, pero sí iríamos a ver cómo le brotaba ceniza de las entrañas.

Llegamos y las nubes cubrían completamente el volcán; no paraba de llover, pero me enfoqué en que no importaba si me iba sin verlo. Lo importante es que había llegado, y que andaba con locales aventureros que me querían llevar a acampar en una cueva en medio de la nada. Y eso hicimos; nos adentramos en el parque como por unas dos horas hacia los picos del Rumiñawi, donde había una cueva inmensa que la Clau había visitado de chiquita y que nos resguardaría esa noche.

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Enserio, Ilea, a mí me pasan cosas buenas, ¡no podía creer que estaba durmiendo en una cueva en Ecuador! Para variar, cuando amaneció, me salí de la tienda de campaña y fui a hacer pipí en una lomita que habíamos designado y desde ahí el volcanzote delicioso se delató. Tenía todo: las grietas, la nieve, la arena, el humo y la vegetación del páramo. Empecé a gritarles a mis amigos que se levantaran y todos tomamos fotos felices y medio dormidos. Todo antes que las nubes se llevaran la imagen. Lo logré.

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La Clau me convenció que me quedara en esa área y que visitara pueblos indígenas cercanos: Latacunga, Zumbawa, Chugchilán y Quilotoa. El trayecto fue de 5 horas y media en un bus con música de rancho, entre los valles de la sierra, con música de rancho y sin espacio para sentarme. Ya te imaginarás mi felicidad.

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Y, ¡fue la mejor decisión! La laguna del Quilotoa está pintada de verde por los minerales del volcán. Y los cráteres tienen forma de indígenas que lloran, que ven al cielo y que se ríen. Y cada uno con su historia particular, que el guarda parques nos contó y nos señaló con esa emoción que tienen los buenos guías. La leyenda más poderosa fue la del dios Quilotoa; el rey de las explosiones de los volcanes. Él se peleaba con Toachi, porque a éste no le gustaba que el Quilotoa reflejara el cielo en sus aguas.

Eran las 8:00am cuando llegué a la laguna con mis compañeras de cuarto del hostal. Era la única del grupo que no había viajado a Ecuador específicamente con el plan de verla. Nadie lo podía creer, pero la verdad nunca había escuchado ni el nombre. Yo me fui confiando únicamente en la palabra de la Clau. Mis compañeras estaban casi tan emocionadas de ver mi reacción como de ver al Quilotoa. Me costó interiorizar todo lo que vi. La foto que te mando habla por sí sola. Qué sublimes esas sorpresas que aparecen de la nada y se acomodan en tu camino de viaje sin que las hayas buscado activamente.

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Bajé al cráter a ver el agua, topándome con mulas de carga y turistas caminantes. Me senté a comer y a ver kayaks pasar mientras me acordaba de la otra laguna en el cráter de un volcán: la de Apoyo, en mi Nicaragüita.

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Todo fluía bien hasta que me tocó subir de vuelta, ¡jueeeputa! Me acordé lo que era caminar a más de 4,000msnm y entendí porque pasaba tanta gente montada en burro. Te juro que los guías que hacen esa gira (más de 8 veces al día, por lo que me cuentan) son súper-humanos.

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Tengo mucho más que contarte, pero prefiero hacerlo en persona. Cierro este espacio resumiéndote que fui agradecida como me has dicho que lo sea. Por ver, por viajar sola y sentirme segura; por todo.

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Al día siguiente de enviar esta carta, me fui de Ecuador pensando en Rolf; en sus metáforas de viaje y sus ganas de volver y seguirlo descubriendo.

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